Heraldica
Escudo de Armas del Regimiento «Dragones Libertadores» de Caballería Mecanizado Nº 9
Blasonado
Trae de plata y un dragón de gules, andante y con la cola anudada.
Timbrado con yelmo de plata de cinco rejillas de lo mismo, terciado, forrado de gules y burelete de sable y plata.
Acoladas dos lanzas criollas puestas en aspa, armadas con regatones y moharras deacero, estas de punta y medialuna, liadas por tientos a fustes de tacuaras, de su color, y pendientes banderolas gallardetón flameantes, de sanguíneo; que son del Arma de Caballería.
Pendiente de la punta y abrochada a su cinta, la Cruz de la Medalla al Mérito Militar.
Superado el timbre por el grito de guerra, en filacteria de cielo y letras de sable:
Ituzaingó
Interpretación
La ostentación de los colores rojo y blanco en el dragón y el campo del escudo, representan en principio la guerra interna de 1904 como causa de la génesis de la Unidad, creada en Mercedes el 11 de abril de 1905, a consecuencia del último gran levantamiento del Partido Blanco contra el Gobierno del Partido Colorado.
La formación del nuevo Regimiento 9º de Caballería de Línea, en base a los jefes, oficiales y milicianos de la División Soriano, que habían combatido por el Gobierno, es continuación del despliegue estratégico iniciado con la creación del 7º y el 8º de Caballería el 12 de noviembre de 1904, disponiendo nuevas fuerzas profesionales y móviles en el territorio nacional, con el propósito de disuadir o eventualmente reprimir levantamientos, e imponer el orden y el modelo político emergente.
La intención al mostrar juntos estos colores como blasón, no es representar y menos aún identificarse con los viejos bandos en pugna por el poder, y que desde el nacimiento del Estado Oriental partieron a la Nación en dos «patrias subjetivas» enfrentadas. Tampoco lucen como homenaje de aquel prolongado conflicto entre hermanos y que convirtió al país en «la tierra purpúrea».
El sentido de su presencia en el escudo es mostrar, en concordancia doctrinaria con las armerías del 7º y el 8º de Caballería, que aunque el Ejército hace cien años combatió e impuso el supremo y monopólico poder etático, coercitivo e irresistible en lo interior, hoy siendo fiel a su natural e histórica misión como factor y símbolo de unidad nacional, el 9º puede traer con orgullo ambos colores juntos en su escudo.
Es entonces señal de la causa político-militar de su creación, pero a la vez, signo de la paz conquistada por la guerra y de la reconciliación nacional construida por compatriotas de buena voluntad durante un siglo.
La guerra es siempre la continuación de la política por medio de las armas, y la guerra interna es siempre un laberíntico nudo gordiano, que forman las intrincadas ideologías e intereses de las partes o partidos antagónicos, que cuanto más tiran de sus respectivos hilos más aprietan el nudo.
El Ejército Nacional no es la causa de las guerras, es la espada que corta el nudo, y aunque tome parte en la guerra sirviendo al Estado, o incluso tome bando y «banderas» por una causa justa y legítima, él no tiene más partido, más bandera ni más ley que la Patria y lo que en ella hay de valioso, esencial y permanente.
Como institución natural de la Nación, es su intemporal escudo, guardián de sus bienes espirituales y materiales, dragón de fuego y crisol necesario donde al fin terminan disolviéndose las fuerzas contingentes del caos y la desunión.
Él, bellamente inmutable, ve pasar los hombres, las ideologías, los partidos y las instituciones artificiales, instrumentos opcionales, cambiantes, temporales; ve pasar el tiempo y las cosas seculares.
Esto se verifica histórica y simbólicamente, en que la oposición entre el blanco y el rojo comenzó auguralmente en nuestra primer discordia política un siglo antes, en los tiempos de la Madre Patria España; tal vez como una profecía del eterno retorno de la lucha entre opuestos, que como un circular y bicolor Dragón Ouroboros se come la cola para renovarse cíclica y constantemente.
«El blanco y el rojo color con que la Patria os convida», son los dos primeros versos de una conocida décima de Eusebio Valdenegro, secretario de Artigas, que en 1811 envió al Montevideo sitiado después de la Batalla de Las Piedras, para que este se decidiera por el blanco «de la paz» y no el «rojo de la guerra», en metafórica elección.
Ella alude a sendos colores con que se identificaron los bandos de nuestra primer guerra civil, que fue entre españoles «juntistas» y «regentistas». El blanco y el rojo, siendo una guerra interna, fueron tomados naturalmente de las propias banderas españolas, que eran blancas con la roja cruz de Borgoña, instituidas para sus ejércitos por la dinastía borbónica a partir de Felipe V en 1700 y que lucieran tremolando en España hasta 1843.
Si bien en 1785 Carlos III dispuso que los buques de su marina de guerra y mercantes, para diferenciarse en alta mar de otras parecidas, usasen banderas de franjas rojas y gualdas (flor amarilla), las que en 1793 se extendieron a todos los fuertes y puestos de costa a cargo de la Armada, recién en 1843 Isabel II unificó la bandera nacional y monárquica de sus ejércitos y demás órganos del Estado Español, en la de tres franjas: roja, amarilla y roja, con las Armas Reales.
De manera entonces que en el Río de la Plata en 1811, mientras que las fuerzas defensoras del Consejo de Regencia, pretendida autoridad central en la península invadida por Bonaparte, se identificaron con el rojo, que además ya traían en la escarapela del uniforme «oficial», los revolucionarios de Mayo, incluido Artigas, tomaron para sí el emblemático blanco borbónico, como defensores en principio de los derechos de Fernando VII y partidarios de que la soberanía usufructuaria del Rey, en su ausencia, se retrotrae a «los pueblos» (no «al pueblo»), con derecho a organizarse en juntas autónomas.
Según consta en documentos de la época relativos al Montevideo sitiado, «la divisa de los de adentro» eran gorros colorados y las tropas sitiadoras usaban un penacho o un cintillo blanco en el sombrero, en el cual el General Artigas el 26 de mayo de 1811 inscribió la primer divisa oriental: «La Patria y la Religión estrechan más nuestra unión».
Este fue su único color distintivo hasta la creación por Belgrano el 18 de febrero de 1812 de la nueva escarapela para el Ejército, azul celeste y blanca, con los colores marianos de la Orden de Carlos III, «quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían».
En la antigua tradición simbolista alquímica, los colores de las tres fases principales en la «grande obra» de la ascendente evolución espiritual, son: el negro de la materia prima, la muerte, la oscuridad; el blanco del mercurio, la vida, la luz; y el rojo del azufre, el sacrificio, el amor.
La vida, blanco, siempre vence a la muerte, negro, con el sacrificio por amor, rojo. «Amaos como yo los he amado»; así se alcanza el oro de la piedra filosofal, en el ígneo atanor del tiempo.
Negro – blanco – rojo – oro.
La dualidad del par negro-blanco, que son inconciliables como el mal y el bien, se sublima elevándose al siguiente par blanco-rojo, que si bien opuestos ahora son complementarios, binarios, es la conjunción de los contrarios, coincidentia oppositorum, coniunctio solis et lunae, hierogamia, boda sagrada entre el cielo y la tierra. Es la prefiguración del fin de los ciclos del eterno retorno, del fin de los tiempos, del pleroma, la completud, del oro de la gloria, cuando «Todo se ha consumado».
Es la aspiración mística de todo lo que está partido y escindido de la suprema unidad, porque se halla en esa unión la única posibilidad de paz y de descanso en la felicidad. Así en el cielo como en la tierra.
Dice san Agustín: «Señor, nuestro corazón está inquieto y no descansará hasta estar en Ti». Y en la tierra de los orientales es la unión que proclama Artigas, es su aspiración a la pública felicidad, es el bien común que se manifiesta en la Pax tranquillitas ordinis.
El dragón de nuestro escudo, es un Dragón Libertador en más de un sentido, representa en principio el legado del Primer Escuadrón del Regimiento de Dragones Libertadores de 1825, cuyo germinal fueron los Treinta y Tres Orientales, y que victorioso en Sarandi y el Cerro, con él se constituyó en 1826 el primer Regimiento 9º de la Caballería Oriental. El cual, al mando de Manuel Oribe e invicto con el Ejército Republicano en Ituzaingó, Bagé y Camacuá, nos liberó del usurpador Imperio del Brasil.
Libertador de la opresión del imperialismo brasilero fue el Capitán de Dragones Matías Lasarte, caído en Sarandí, como libertadores de la pretensión opresora del imperialismo comunista internacional fueron el Capitán Wilfredo Busconi y el Teniente 2º Ricardo Braida,cuyos manes siempre nos acompañan desde lo Alto.
Tal es la antigua heredad de hijosdalgos, que honra y es blasón de los actuales y futuros integrantes del Regimiento «Dragones Libertadores» de Caballería Nº 9, quienes a su vez estamos obligados a honrarla, porque su nobleza y la nuestra siempre nos obliga.
Por ser libertador, precisamente, nuestro dragón coincide con el simbólico dragón alquímico, que por sí solo puede representar todas las etapas de la obra, trabajo que no es otro que la liberación del espíritu humano, del plomo al oro de la iluminación y la salvación.
En el dragón, ser mitológico, se produce la reunión inseparable del principio fijo y el volátil, que se resume en la fórmula de la evolución alquímica Solve et Coagula, «analiza todo lo que eres, disuelve todo lo inferior que hay en ti, aunque te rompas al hacerlo; coagúlate luego con la fuerza adquirida en la operación anterior».
Él puede habitar en el agua, en la tierra, en el aire y en el fuego en forma de salamandra.Es la quinta esencia, espíritu que está en todos y cada uno de los cuatro elementos materiales donde habita, es el quinto elemento.
En él, el caos de las fuerzas del desorden se convierten en el cosmos del orden, de la discordia a la concordia.
De esta Patria Oriental nunca ha habido ni nunca habrá más libertadores que nuestros Dragones, ellos son también los guardianes de esa libertad, y su cola está anudada para recordarnos el eterno retorno del conflicto entre los opuestos.
Ellos son fuertes y vigilantes, su vista es agudísima y parece ser que su nombre procede de la palabra griega dercein (viendo). Por estas cualidades ellos son en las más diversas culturas los guardianes de los templos y tesoros, y también alegoría del vaticinio y la sabiduría.
Ellos custodian la Patria, templo de la Orientalidad y amado tesoro, pero también guardan el más alto, la Verdad. Por prodigiosa coincidencia, el nueve es considerado el número símbolo de la verdad, porque multiplicado siempre se reproduce a sí mismo según la suma mística: 9 x 2 = 18 = 1+ 8 = 9, y así sucesivamente.
Es triplicidad de la Trinidad, cuadrado perfecto de tres, o sea, Dios elevado a su propia potencia, la completud.
Es el último de la serie antes de cerrar el ciclo, antes de volver a la unidad y la perfección en la decena.
En la Divina Comedia, obra simbólica clásica, el Paraíso tiene nueve cielos más el Empíreo o trono de Dios; como el Pabellón Nacional, el cual es símbolo del cielo, tiene nueve franjas más el sol, imagen del héroe máximo, Dios, porque vence con su luz a las tinieblas del mal.
Canta el Himno Nacional: «nuestras lanzas defienden su brillo, nadie insulte la imagen del sol.»
Lanzas de antiguos dragones, porque el dragón mitológico en otra de sus interpretaciones simbólicas, representa a las fuerzas primordiales que hay que vencer para conquistar el máximo tesoro: la verdad y la salvación de la vida eterna.
Sólo los que vencen al dragón devienen héroes: Apolo, Cadmo, Perseo, Sigfrido, Hércules, Jasón, San Miguel y San Jorge, el valiente Caballero de corazón puro, Patrono del Arma.
Sólo el miles équite, el miles Christi, caballero de las espuelas doradas que ha alcanzado el sol in hómine, el oro de su centro místico, puede vencer al dragón.
Por eso es timbre de honor del escudo un yelmo de Caballero, porque el 9º y sus integrantes siempre han estado dispuestos a librar el buen combate que vence a la opresión y a la oscuridad.
La antigua figura del yelmo nos remite a la época heroica en la que se forjaron y se defendieron con fe y con coraje los valores fundadores de nuestra civilización. Época espiritual y militar, jerarquizada, noble, ordenada al bien, y cuyo modelo fue el ideal de vida caballeresca, el código de honor militar que dignificó la vida, moderó la guerra y enalteció a la mujer. Época de orden no subvertido.
Su presencia indica que aquellas viejas fuentes siguen inspirando a los Dragones del 9º en su inmutable e inmortal estilo de vida militar; porque yelmo se da al caballero para significar la vergüenza, que es la estimación de su propia honra, y por la cual no se inclina a hechos viles, y no abate la nobleza de su corazón a la maldad y al desorden.
El burlete que lleva está formado por un cordón negro en memoria de la muerte de los integrantes de la Unidad en defensa de la Patria, y un cordón blanco como símbolo de que la vida y la luz eterna del bien siempre vencen a la muerte y a las tinieblas del mal, haciendo que por el sacrificio de esos valientes soldados, se renueven los perpetuos y altos valores por los cuales ofrendaron sus vidas.
Él ciñe el casco alrededor de nuestra cabeza para que no los olvidemos, para que los tengamos cerca de nuestros pensamientos, y el cordón negro está anudado y sus puntas tremolantes, para significarnos que debemos mantenernos unidos, anudados con nuestros caídos y a la vez en movimiento por su sagrada memoria.
La Cruz de la Medalla al Mérito Militar condecora un siglo de relevantes servicios, y es símbolo de los sacrificios por la Patria, al igual que la cruz del Mártir San Andrés, formada por las lanzas del Arma de Caballería.
Las lanzas, son símbolo de virilidad y elevación por vía de la rectitud y el sacrificio en el combate: «Lanza se da al caballero para significar la verdad: porque la verdad es una cosa derecha y no se tuerce; y el acero de la lanza significa la fuerza que tiene la verdad sobre la falsedad...». La «lanza que sangra», que aparece en la leyenda del Graal, tiene el sentido simbólico del sacrificio; sentido que también tienen las banderolas de color rojo sanguíneo del Arma, en memoria de aquellos integrantes que desde las guerras por la independencia hasta el presente, han derramado su sangre por la Patria.
La cinta de cielo con el grito de guerra: «Ituzaingó», completa con el blanco y el rojo los colores artiguistas de la bandera de los Treinta y Tres, «celeste, blanca y punzó», e invoca la gran Batalla de la Independencia contra el Imperio del Brasil en la que combatió aquel primer Regimiento 9º de Caballería.
Asimismo, es un cálido homenaje al «Pueblo Ituzaingó», que es el lugar donde se asienta el cuartel desde 1912, en fructífera relación comunitaria.
Por eso invocar a Ituzaingó seguirá templando nuestros corazones, tanto en la guerra como en la paz.
Coronel José Carlos Araújo